¡La vida universitaria!

¡Qué bien se siente recordar esos años! Posiblemente, mientras vivíamos esa etapa ansiábamos graduarnos para comenzar a trabajar y ganar dinero. Posiblemente, no vivimos a plenitud esos años tan especiales en nuestras vidas.

En mi caso: ¡COLEGIO! ¡Antes, Ahora y Siempre!    

 

(COLEGIO = Recinto Universitario de Mayagüez, Universidad de Puerto Rico. Originalmente: Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas)

 

 

Algo peculiar de esa época en nuestras vidas es que, para gran de parte de nosotros, los recursos eran más escasos. Y teníamos que hacer cosas, usar la inventiva y el ingenio para maximizar el uso del dinero. Por ejemplo, acostumbrábamos ir a algún restaurante chino y pedíamos la comida para llevar. Siempre las porciones eran más “generosas” cuando eran para llevar; así podíamos comer dos compañeros por el precio de una comida. O cuando caminábamos distancias buscando una buena oferta. Recuerdo caminar desde Mayagüez Terrace hasta Balboa para comprar un Balboa Special: un tercio de libra de pan con mantequilla, jamón y queso por un precio muuuy atractivo.

Recuerdo una ocasión en que estábamos reunidos un grupo de amigos y se nos antojó comer helado. Y aunque hubiéramos preferido Baskin Robbins, nuestro presupuesto sólo nos permitía helado de Rex Cream, un restaurante chino en la Calle Mendez Vigo. Llegamos al lugar, pedimos nuestros helados y nos sentamos a disfrutar y a conversar.

Y allí la vimos: sola, sentada en una esquina… su piel amarillenta, delgada, con apariencia enfermiza. Tenía marcas en sus brazos… y en su mano un pañuelo con manchas de sangre. El primer pensamiento que vino a nuestras mentes: una adicta, una “tecata”. De repente, se levantó y caminó hacia nuestra mesa. Y esperábamos que nos pidiera monedas, alguna peseta. Nuestra inquietud, la incomodidad aumentaba al acercarse.

“¿Alguno de ustedes dona sangre?”, nos preguntó la señora.

Creo que no pudimos disimular nuestra sorpresa. Ella rápido comenzó su explicación. Padecía una enfermedad terminal. Se sometía a diálisis cada dos días. Recibía transfusiones para remplazar gran cantidad de su sangre semanalmente. Tenía dos hijos, y ante lo inminente de su partida, ya había coordinado la adopción de estos por un médico mayagüezano.

“Me queda poco tiempo, pero sólo quiero un poco más para asegurarme que mis hijos tengan un claro recuerdo de cuánto los amó su madre.”

Nos quedamos sin palabras, aturdidos por la realidad que vivía esta señora. Nos preguntó si estábamos dispuestos a donar sangre y todos accedimos. Se acercó a la cajera del restaurante para pedirle un papel.

Y allí escribió su información:

Acordamos que al día siguiente iríamos al Centro Médico de Mayagüez a donar sangre. Nos despedimos de Rosa. Y salimos entusiasmados sobre los planes, las cosas que haríamos. Hablaríamos con nuestros amigos y los reclutaríamos como donantes. Llamaríamos a la emisora radial Cosmos 94 para anunciar y exhortar a la audiencia a que cooperara. Y al otro día estaríamos temprano donando sangre. Muchos planes, mucho entusiasmo.

Al otro día, el amigo que tenía auto y nos proveería transportación al Centro Médico tenía clases y no coincidíamos con sus horas libres. Sería entonces el próximo día…

El próximo día surgieron nuevas excusas: tengo un examen y tengo que estudiar, tengo un proyecto especial, y otras justificaciones. Así pasaron los días, y todo quedó en nada… Hasta que hace unas semanas, organizando papeles viejos, me tropecé con la nota escrita por Rosa Vázquez…

Esta historia NO tiene un final feliz.

Quiero creer que esta historia aún no tiene un final, una conclusión. Por eso escribo estas palabras, con la esperanza de que al publicarlas, algo ocurra. Que esta historia inconclusa de Rosa Vázquez, a quien no pudimos o no quisimos ayudar, pueda tener un cierre.

Muchas veces escuchamos, nos enteramos de algo, y con gran entusiasmo vienen grandes ideas y planes a nuestra mente. Entramos a esta habitación, este salón del entusiasmo, donde todo es ánimo, energía, positivismo y las mejores intenciones. Y se siente bien estar en este salón pensando en todo lo que queremos hacer. Pero hay una puerta. Al cruzar esta puerta, te encuentras el salón de la acción. En este otro salón está la ejecución, la labor, el trabajo. Este salón no es tan agradable como el salón del entusiasmo. Y por eso, preferimos no cruzar el umbral al salón de la acción. Permanecemos en el salón del entusiasmo.

En muchas ocasiones queremos bajar de peso, ejercitarnos, alimentarnos mejor, hacer cosas que nos beneficien. Llega el fin de año y formulamos múltiples resoluciones para cumplir el próximo año. Pero nos quedamos en el agradable y cómodo salón del entusiasmo y las buenas intenciones, y no cruzamos la puerta hacia el salón de la acción.

Jim Rohn dijo: “La disciplina es el puente que une las metas con los logros.”

  • Si queremos llegar a los resultados, a las metas que deseamos, debemos cruzar de la habitación del entusiasmo a la habitación de la acción. Si no usamos la disciplina para cruzar la puerta entre ambos cuartos, nunca alcanzaremos los logros deseados.

Hoy te exhorto a que revises tu vida y observes aquellas historias inconclusas, aquellos proyectos incompletos en tu vida que se quedaron sólo en el entusiasmo. Y decídete actuar y cruzar esa puerta entre el entusiasmo y la acción.

Puedes ver aquí el video de este discurso:

 

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