No es que sea masoquista. Pero una parte de mi disfruta la temporada de huracanes.

Porque me permite apreciar lo que es verdaderamente importante. 

Saborear un vaso de agua, aunque esté a temperatura ambiente. Descansar en mi cama, bajo un techo, aunque me derrita por el calor. Tomar una ducha, aunque me “congele”, o aunque sea de a poquito, despacito, aprovechando cada gota de un galón plástico. Degustar cada alimento que llegue a mi boca, aunque su temperatura no sea la “óptima”.

Desconectarme de tantas distracciones y enfocarme en lo esencial. Soltar la falsa ilusión de que puedo controlar lo que ocurre en mi vida. Abrazar la incertidumbre, aceptar lo que venga, y rechazar el impulso de analizar y juzgar lo ocurrido.

Sentirme agraciado, y a la vez evitando caer en la trampa de sentirme “bendecido”, “especial”, “protegido por Dios”. Agradecer enormemente lo ocurrido y lo que no ocurrió. Sentirme afortunado de poder ayudar a quienes han sido más afectados. Y dar gracias, así, sin explicaciones, sin pretender comprender los designios de la Madre Naturaleza.

Sí, debo ser ANormal…

 

 

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