Nunca tuve la suerte de volver a trabajar en algún lugar como aquel.

Fecha: principios de la década de los 90s.

Lugar: Edificio Durotex en Monacillos.

  • (Si no sabes o no recuerdas lo que era, Durotex era un material, mezcla de cemento y fibras de asbesto. En una época, muchas escuelas tenían alguna hilera de salones de clases construidos con planchas de durotex, así como muchas agencias de gobierno tenían estructuras con este material. Pero lo del durotex es otra historia.)

En el segundo piso de aquel edificio estaban las oficinas de la División de Conservación y Servicios Técnicos, del Directorado del Sistema Eléctrico. Mi jefe en aquel entonces podría decir que era “legendario”; diferente y muy conocido por su estilo de supervisión. Pero el resto del personal de aquella división era especial, era otra cosa. Recuerdo que a la hora de almuerzo, el comedor se convertía en la plaza pública de algún pueblito, el corazón de aquel piso. Nos reuníamos a conversar, compartir o criticar almuerzos, hacer chistes, o comentar sobre los chismes o rumores que corrieran sobre nuestra empresa.  Si alguien tenía que salir a comprar almuerzo, regresaba con prisa para sentarse en el comedor y no perderse los mejores momentos de toda la jornada.

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El Ing. Juan T. Almeyda con algunos compañeros de la División de Conservación y Servicios Técnicos. (El “pelú” al centro de la foto soy yo. Sí, en algún momento de mi vida tuve mucho pelo.)

 

Siempre había algún invento en nuestro piso. Almuerzos de Acción de Gracias, San Valentín o de cualquier ocasión que se nos ocurriera. Recuerdo que hasta hicimos encuestas para escoger el compañero y la compañera más sociables, más simpáticos y otras muchas categorías que no me atrevo a mencionar… Hacíamos cuanta aventura extracurricular se nos ocurriera: jugar softball, fiestas navideñas en la casa de algún compañero, irnos de excursión al Río Tanamá, hasta irnos a acampar a la Isla de Mona…. Increíble, ¿verdad?… Así era la familia de la División de Conservación. Y casi todas esas aventuras e inventos nacieron durante la hora de almuerzo, en aquel comedor.

Y si pudieras preguntar a todos los que frecuentaban aquel salón comedor quién era el líder, el cabecilla de aquel grupo, me atrevo a apostar que casi todos dirían: el legendario ingeniero Juan T. Almeyda. Él era nuestro corazón, nuestra conciencia, nuestro genio creativo…

En aquel entonces, Almeyda era un asesor técnico, que no era otra cosa que la posición que le daban a alguien que había sido jefe anteriormente, y por cambios de administración, terminaba arrinconado haciendo funciones de “menor importancia”. Almeyda ya había sido Director del Sistema Eléctrico. Así que para los “ingenieritos rookies” (como alguien una vez me llamó) Almeyda era como el sabio anciano de la aldea, el rector de la universidad en la que acabábamos de ser admitidos.

Pero él no necesitaba títulos o un resumé cargado para sobresalir. Al conocerlo, inmediatamente sentías su cordialidad, su jovialidad, su calidez… Siempre era un líder natural que te inspiraba y motivaba a seguirle, no por su autoridad o fortaleza, sino por tantas otras cosas difíciles de explicar. Como en la ocasión que formamos un equipo de baloncesto, “los asombrosos calabazos” (por el uniforme verde y anaranjado), y Almeyda fue nuestro dirigente, sabiendo que era el peor equipo de la liga. Ganamos un solo juego porque el otro equipo no se presentó a jugar. La única vez en mi vida que vi a Almeyda enojado fue en uno de nuestros juegos; ante tanta falta de destreza y habilidad deportiva, buscaba arrancarse algún pelo que le quedara en su calva para de alguna manera manejar su frustración. O cuando Almeyda fue el capitán de nuestro equipo de bowling. Por lo menos, con este equipo las derrotas no eran tan frecuentes como con “Los Calabazos”.

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Los asombrosos (y malísimos) calabazos, equipo de baloncesto de la División de Conservación y Servicios Técnicos

No fueron tantos los años que trabajé cerca del Ingenierísmo Juan T. Almeyda. Pero la huella fue enorme. Y quisiera creer que alguna de sus grandes cualidades se me haya pegado y me haya ayudado por el resto de mi vida profesional y personal.

No, nunca tuve la suerte de volver a trabajar en algún lugar como aquel. Ni de volver a conocer a un caballero, un servidor público como el Ingeniero Juan T. Almeyda Eurite.

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