Venía de Yabucoa, un pueblo pequeño, un pueblito “de la Isla”. En ese entonces alguien lo llamaría “un pueblo ratón”. Y me mudaba a San Juan: la ciudad, la capital, “la loza”. Villa Palmeras y Barrio Obrero serían mi vecindario. Mi escuela sería la Albert Einstein de Barrio Obrero.

Venía de la Teodoro Aguila Mora, una excelente escuela, donde quedaban los amigos y compañeros que habían compartido mi vida escolar desde muy niño. Atrás dejaba todo lo familiar y conocido para enfrentarme al temor, los prejuicios, los cuentos exagerados que había escuchado sobre esta otra escuela, nada más y menos que en Barrio Obrero.

Al integrarme a mi nueva escuela sentí una gran frustración, especialmente en las clases de matemáticas e inglés. Después de estudiar y trabajar con material avanzado, retrocedía años en las enseñanzas que recibía. En Matemática Avanzada con Mr. Sierra se cubría material que ya había estudiado hacía un año y medio antes en Yabucoa. Y en Inglés, con Mr. Rivera (conocido por todos como Paul Rivera), las lecciones enseñadas ya las había aprendido en escuela elemental e intermedia. Realmente era frustrante… Al menos no podía quejarme del trato y la personalidad de ambos maestros.

La primera clase en las mañanas era Inglés con Paul Rivera. Frecuentemente camino a la escuela me cruzaba con Paul y me daba “pon” en su guagüita Mazda GLC. Paul era un maestro joven, buena gente, que a todo el mundo le caía bien. Eso contrastaba con mi frustración con su clase. Y le añado que siempre me quitaba puntos en los exámenes porque mi escritura era ilegible.

En una ocasión Paul nos pidió que evaluáramos por escrito su clase. Tal vez por mi inmadurez, por mi ignorancia o por la combinación de ambas, cometí el error de escribir que pensaba que Paul era “mediocre”. Hasta ese

mediocre
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momento pensé que “mediocre” significaba promedio, de calidad media. Nunca había considerado que fuera un insulto, como normalmente se usa en Puerto Rico. Entregué aquella fatídica hoja con la tranquilidad que me causaba la soberbia de creerme que me lo sabía todo; continué mi día escolar sin ninguna preocupación, desconociendo la tremenda “metía de pata” que acababa de realizar.

Al día siguiente, por alguna razón que no recuerdo, llegué tarde a la escuela. Decidí no entrar a la clase de Inglés e irme directo a la biblioteca a estudiar para un examen que tendría más tarde. Cuando suena el timbre anunciando el segundo periodo de clase, salgo de la biblioteca y me voy al salón de la próxima clase. Me cruzo en el pasillo con los compañeros que salían del salón de Paul y todos estaban indignados, molestos, incrédulos de lo sucio, bajo, rata, traidor que yo era. Paul había sacado unos minutos de la clase para desahogarse sobre el estudiante que  le había llamado “mediocre”. Se sentía traicionado porque a ese estudiante le daba “pon” por las mañanas. No dijo el nombre del traidor. Pero cuando lo acusó de que, para colmo, ese falso no se atrevió a dar la cara ese día y había faltado a clases, pues quedé en evidencia que había sido yo. Sólo bastaba mirar alrededor para darse cuenta quién era el único canalla que no había asistido a la clase…

Salí corriendo al salón a intentar a hablar con Paul y pedirle unos minutos cuando estuviera libre para poder hablar del asunto. Cuando al fin pudimos reunirnos y hablar tuve que aclarar y explicar mucho, tratar de reparar el daño causado. Nunca olvidaré esa ocasión.. cómo una simple palabra había herido tanto, cómo un malentendido causaba las lágrimas de un adolescente, las lágrimas de un adulto. Entendía el motivo de mis lágrimas: el arrepentimiento, el miedo, la vergüenza de haber cometido un error, de haber herido a alguien. Y aunque creía entender las lágrimas de Paul en aquel momento, realmente me tomo muchos años comprender realmente su significado. El compromiso y sacrificio de un maestro de escuela pública, las muchas situaciones difíciles y retos que tiene que enfrentar cada día. La maquinaria, muchas veces defectuosa, de la que es sólo una pieza, un engranaje… Que aunque el sistema esté defectuoso en su naturaleza, el dará lo mejor de sí para contribuir a que salgan los mejores resultados posibles.

Han pasado 35 años de aquella palabra inoportuna, mal pensada, hiriente.  Por 35 años he pensado que las disculpas expresadas y el perdón suplicado en aquella reunión no fueron suficientes. Después de 35 años sigo descubriendo que soy el resultado de aquel maestro “mediocre” y muchos otros que aportaron a lo que he llegado a ser. Soy el fruto de la semilla que plantaron, regaron y cuidaron todos los maestros que estuvieron presentes en mi crecimiento, en mi desarrollo, en mi educación.

Paul Rivera, una vez más, te pido perdón. Y agradezco todo lo que aportaste a mi vida… desde los “pones” mañaneros, los puntos descontados por la mala letra, y por la gran lección que me ha acompañado todos estos años.

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