NOTA: Este artículo fue presentado originalmente como un discurso ante el Puerto Rico Toastmasters Club. Para más información sobre este club, puedes dar clic aquí. ¿No sabes qué es un Toastmaster? Encuentra más información aquí. 

Fue un accidente realmente aparatoso.

Fue un milagro que Bonifacio resultara casi ileso cuando todas las demás personas afectadas salieron con fracturas y heridas de cuidado. Bonifacio sólo recibió un machucón en su cabeza.

Pero aquel golpe desconectó no sé cuáles neuronas, o afectó no sé qué parte de su cerebro. Sólo sé que a partir de ese momento la vida de aquel adolescente no sería igual. Desde ese día, Bonifacio no sería capaz de reconocer, de recordar un rostro. Cada cara que vería desde entonces sería la de un desconocido, la de una persona que conoce por primera vez en su vida.

Como es de imaginarse, su vida cambió drásticamente. Le era muy difícil socializar e interactuar con personas fuera de su círculo íntimo de familiares y de amigos cercanos. Creció siendo un joven callado, de pocas palabras. En vez de hablar, prefería escuchar y observar, tratando de recolectar y procesar la mayor cantidad de información posible para poder compensar su limitación.

Por otro lado, Saúl era de esos tipos que nunca paran de hablar. Si realizaba una pausa era sólo para respirar; nunca para escuchar. Recuerdo que en una ocasión me lo encontré y me saludó. Me preguntó cómo estaba Cindy. Le contesté que Cindy y yo nos habíamos divorciado. Y él me contestó “¡Ah! ¡Que bien! Mándale saludos de mi parte.”

Se despidió y continuó su camino apresuradamente.

Saúl y Bonifacio habían sido compañeros de clase en la escuela elemental. Pero Saúl se mudó de pueblo y por muchos años no se volvieron a ver, hasta que se cruzaron sus caminos nuevamente en la universidad. Bonifacio vio a este personaje que se le acercaba sonriendo de oreja a oreja. Traía una camiseta con la imagen del Che Guevara, una gorra con el nombre de Bob Marley enmarcado en hojitas de mariguana y un pantalón que le colgaba como si fuera un pañal que necesitaba cambiarse.

  • “¡Hey, Bonifacio! ¿Cómo estás? Oye, te ves bien. Que bueno verte. Deja ver si cuadramos un día de estos pa’ hablar un rato. Es que hoy estoy con prisa. Voy pa’ una marcha porque hay que parar ya de una vez a los HP’s capitalistas que nos quieren tumbar la universidad. Cuídate, sabes.”

“¡Qué personaje!”  Eso fue lo único que pudo decir Bonifacio cuando ya Saúl se alejaba a toda prisa.

Y no se volvieron a ver hasta cinco años más tarde.

En su camino Bonifacio se encontró a este elegante ejecutivo, maletín en mano, traje de diseñador, corbata, prendas y accesorios que gritaban “¡Vaya! ¡Por aquí va un triunfador!”

  • “Oiga, Mister Bonifacio. ¿Cómo estás? Oye, te ves bien. Que bueno verte. Mira, toma mi tarjeta de presentación para que nos pongamos en contacto. Voy con prisa porqué voy a una reunión para firmar unos contratitos con el gobierno. Creo que de esta puedo saldar el yate. Cuídate”.”

Y no se volvieron a ver hasta cinco años más tarde.

En esta ocasión, Bonifacio se topó con este ser calmado y suave, delgado, vestido todo en algodón blanco, con un collar con cuentas en madera, y sandalias que anunciaban “Por aquí va un ser iluminado.”

  • “Bendiciones, Bonifacio. ¡Namasté! ¿Cómo estás? Oye, te ves bien. Que bueno verte. Perdona que vaya con prisa. Es que voy al aeropuerto a recoger a mi gurú que viene a dar una conferencia en un hotel de lujo. ¿Oye, no te interesaría asistir?”

Y no sé si fue para respirar o esperar una respuesta, pero Saúl hizo una pausa. Y me imagino que tuvo un breve instante para ver la cara de Bonifacio.

  • “Pero tú sabes quien yo soy, ¿verdad?”, dijo Saúl, recordando por un momento los rumores que había escuchado sobre la condición de Bonifacio.

Bonifacio contestó: “Yo sé quien tú eres. ¿Y tú, Saúl, sabes quién TÚ eres?

Saúl quedó desconcertado, sin palabras por primera vez en tantos años.

Bonifacio continuó:

“No te sorprendas. Porque no puedo recordar las caras, he aprendido a escuchar con atención y a observar detenidamente. Y aunque no puedo reconocer un rostro, he aprendido a reconocer un alma, un corazón. He aprendido a ver más allá de tu ropa de rebelde anarquista o tu traje de ejecutivo exitoso, o tus vestimentas de yogini iluminado. Todos esos son disfraces, tal vez para engañar a otros o para engañarte a ti mismo.”

Y por primera vez posiblemente en toda su vida, Saúl se quedó mudo.

El hábito no hace el monje.

Por ejemplo, un ciclista novato puede gastar mucho dinero en ropa con las últimas tendencias en moda deportiva, y pagar mucho por equipo de la última  tecnología. O un corredor puede comprar el mejor calzado deportivo con un mega-ultra acojinado. Pero no puede comprar condición física, no puede comprar resultados, no puede comprar cambios. Solamente los puede conseguir con trabajo, dedicación y disciplina.

El hábito no hace al monje.

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