Para salir de aquel vecindario, sólo había un camino: la estrecha calle que bordeaba el cementerio, desde la tumba de mi abuelo justo al frente de mi casa, hasta la tumba de mi padre biológico al otro extremo, al final de la calle.

Durante el día la calle era solitaria y tranquila, tal vez pasaba algún vehículo cada par de horas. Era excelente para jugar beisból o cualquiera de sus variantes: corchitos o cloritos, bolillos,  chapitas… Era suficientemente segura para las barbaridades que se me ocurrieran hacer.

Ya en la noche, la cosa era distinta. No había iluminación en la calle ni en el cementerio. Completamente oscura, solitaria. Al lado norte aquellos silenciosos vecinos, mudos testigos de todo lo que ocurriese en el vecindario. Realmente no sabía que era peor: las noches sin luna cuando no podías ver nada y cualquier ruido que escucharas te ponía los 5 sentidos en alerta total. O las noches de luna llena, cuando las antropomórficas sombras se aliaban con mi imaginación para revelar seres sobrenaturales por todas partes. A pesar de eso, al principio caminaba por aquella calle, de noche o de día, con un miedo leve. Siempre alerta, pero me atrevía a caminar por allí.

Era un niño muy inteligente, fanático de las ciencias y los libros. Siempre pensaba que el conocimiento y la lógica podían explicar todo. Pero de alguna manera, empezaron a desarrollarse dentro de mi 2 personalidades, algún tipo de desdoblamiento que resultó en dos voces en mi interior: una supersticiosa y miedosa, la otra, lógica pero cautelosa.

Y creo que esto comenzó con aquellas tertulias en el balcón de nuestro hogar. Mi familia era pobre y no teníamos televisor. Así que nos reuníamos en el balcón de la casa a escuchar radio AM o a escuchar los cuentos de Don Críspulo. Don Críspulo era un vecino, viudo, de más de 80 años de edad y menos de 5 pies de estatura, que manejaba su soledad sentado en la puerta de su casa mirando a la calle, o sentado en nuestro balcón. Y allí él era el protagonista con sus historias:

  • como la de aquel vecino que decían que era Masón y tenía la capacidad de transformarse en animales en la oscuridad de la noche
  • o la de aquel otro conocido que le dio “pon” a una mujer en un camino oscuro, para luego ésta desaparecer entre carcajadas y gritos aterradores
  • o de aquellas luces que se veían en el monte, en las quebradas como jachos solitarios en la noche, y que nadie podía explicar

Y Don Críspulo jura y perjuraba que eran verdad: “Por mi madre santa que Dios la tenga en el reino de los Cielos, que son veldáh”.  Y así empezó a crecer y a desarrollarse Cristóbal El Supersticioso. Cristóbal El Lógico perdió su monopolio. Desde entonces cada situación, cada decisión requería una discusión entre ambos. Y Cristóbal El Supersticioso era bastante convincente.

Todo se complicó a partir del día en que Don Gungo decidió ahorcarse. Él era el vecino del otro lado y el padrino de uno de mis hermanos menores. Le habían diagnosticado alguna enfermedad y no quiso enfrentarla. Así que se suicidó, colgándose con una soga de una árbol visible desde la calle.  A partir de ese día, pasar de noche por la calle no era tan fácil. Había un enorme árbol de mangó que creaba una oscuridad mayor cerca de la escena del suicidio. Y las deliberaciones eran algo diferente.

 Cristóbal El Supersticioso se quejaba -“No hay Dios que me haga pasar por ahí a esta hora de la noche. Te juro que cuando paso por ahí veo al ahorcao.”

– “Mira, no seas ridículo. El ahorcao ya está enterrao. Tú lo que ves son sombras.”, contestaba Cristóbal El Lógico

– “¿Y que de eso que dicen de que los ahorcaos van pa’l infierno, o el purgatorio, o que se quedan por ahí rondando como alma en pena? Además, Don Gungo era familia del Masón que se convertía en animal por las noches.”, argumentó el miedoso

– “Está bien… ¿Y que tal si pasamos corriendo?”, afirmó casi convencido el lógico.

– “OK. Vamos. ¡Dale!”

Desde entonces,  caminar cada noche por aquella calle era como una carrera de 100 metros. Pero pensaba que el miedo se presentaría sólo en las noches. Nunca pensé que también aparecería a plena luz del día.

Uno de mis “pasatiempos” era colarme de “aprontao” en los entierros. En uno de éstos fue que conocí los dotes de orador de Don Goyito Danzot. En una ocasión había un entierro muy cerca, casi frente a mi casa. Y me acerqué a ver de que se trataba. Escuché a los presentes hablar sobre la difunta: era una niña ciega, sorda y muda, que había tenido una corta vida llena de enfermedades.

Y todo estuvo bien hasta que los familiares decidieron abrir el diminuto ataúd. Lo que vi me impactó por el resto de mi vida. Describirla, recordarla… me hace revivir un poco el miedo sentido aquel día. Su piel era amarilla. Sus ojos… abiertos, cubiertos cada uno con una nube. Sus dientes…. deformes, tan grandes que salían de su boca cerrada… Realmente era algo aterrador para un niño de mi edad. Por muchas noches no pude dormir. Y si lo lograba, tenía pesadillas con la niña ciega, sorda y muda. Aún en la claridad y la seguridad del día no me atrevía a estar en la calle sólo, cerca de la tumba de la niña ciega, sorda y muda. Así de aterrorizado quedé.

Y el tiempo vuela. Junio de 2006, en el sótano de algún edificio del Centro Médico. Mi madre había muerto esa madrugada. Siempre nos había recordado que al momento de su muerte debíamos cremarla, sin velorios, sin dramas. Había pagado de manera adelantada esos servicios para cuando llegara el día. Gracias a que coordinamos con el dueño de la funeraria, tendríamos la oportunidad de despedirnos. El empleado detendría la camilla en algún lugar del trayecto entre la morgue y la carroza fúnebre, para destaparla y darle unos minutos a los familiares allí presentes. Yo mantengo mi distancia; a 6 pies sé que aquella nariz sangrante, aquel cuerpo,  no es mi madre.

Aún ese día, calladamente, el supersticioso y el lógico siguen deliberando, transando por 6 pies de distancia…

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