En aquel barrio, la MUERTE era el principal medio para ganarse la vida.

Cuando tenía 4 años de edad, me mudé a la Barriada Varsovia en el pueblo de Yabucoa. Al subir la pendiente que te llevaba a ese lugar, lo primero que veías en el tope de una loma era el matadero municipal. Continuabas por la calle, tomabas una curva y al comenzar a bajar una cuesta te lo encontrabas de frente: aquel cementerio que nació en 1912 y aún hoy sigue creciendo.

Gran parte de la actividad económica del barrio giraba alrededor de esos dos lugares: el matadero y el cementerio. Mi padrastro fue carnicero; cuando mi hermano mayor llegó a la adultez, comenzó a ganarse la vida construyendo panteones en el cementerio.  El primer trabajo por el cual recibí dinero, fue pintar las letras con el nombre del difunto en alguna tumba. Como pueden ver, la muerte era muy importante en mi barrio.

Mi casa quedaba en la parte posterior del cementerio, en un vecindario donde habían pocas casas. La vista al salir al balcón era el cementerio. Salía a la calle, cruzaba los 12 pies de un lado a otro, levantaba una pierna, pasaba por encima de un pequeño muro y ya estaba allí, frente a la tumba de mi abuelo. Así de cerca vivía del cementerio.

No tenía muchos amigos; era tímido y disfrutaba mucho estar solo. Así que mis entretenimientos eran diferentes a la de la mayoría de los niños de mi edad. Uno de esos entretenimientos era ir a ver los entierros. Recuerdo aquellas escenas donde las personas comenzaban a gritar, abrazaban el ataúd y forcejeaban porque querían irse con el difunto. Creo que como resultado de estas experiencias una parte de mi quedó insensible a los dramas excesivos.

Y fue en alguno de aquellos entierros donde me encontré con este personaje: Don Goyito Danzot. Don Goyito era un negro de baja estatura, encorvado por el peso de los años. Recuerdo que cuando niño siempre miraba a los adultos hacia arriba. Pero en el caso de Don Goyito nunca tuve que forzar el cuello para mirarlo. Siempre vestía con gabán y corbata, aún cuando fuera de compras al pueblo. Siempre andaba con algún libro o el periódico bajo su brazo. Una de sus más útiles herramientas era su pequeño sombrero. Tocaba su punta para dar los buenos días o lo levantaba levemente cuando quería saludar a una dama. Decían que era tan cortés y caballeroso que saludaba hasta los maniquíes en las vitrinas. Se quitaba el sombrero al entrar a la iglesia o al asistir a algún entierro.

Y esa era la especialidad de Don Goyito: las despedidas de duelo. Si en un entierro se aparecía Don Goyito Danzot a decir unas palabras, ya sabía que el difunto era una persona reconocida en la comunidad: alguna maestra, algún líder cívico, alguna persona que había dejado su huella en mi pueblo. Era increíble como aquel caballero sin atributos físicos sobresalientes dominaba aquellas situaciones difíciles sólo con su palabra. Consolaba y apaciguaba a los vivos, honraba y dignificaba a los muertos sólo con sus palabras.

Don Goyito fue el primer Toastmaster que conocí en mi vida. Toastmaster sin títulos ni certificaciones, Toastmaster en su esencia, en su personalidad. Y muchos años después, descubro que aquel caballero fue el inicio de este camino que hoy recorro. El deseo de aprender a comunicar mejor, de cambiar mi vida y la de los demás a través del uso efectivo de la palabra hablada. Creo que la admiración y el respeto que todo el mundo sentía por Don Goyito es algo que he ansiado desde niño, aún sin saberlo. He descubierto que la primera semilla de lo que soy, de donde estoy, la plantó Don Goyito Danzot.

Quiero terminar con dos preguntas. Repasa tus recuerdos. Revisa tu vida actual y contesta con sinceridad

¿Quién ha sido el “Don Goyito” de tu vida?

¿Para cuántas personas que se crucen en tu camino serás TÚ su “Don Goyito”?

¡SÍ!

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