Hace ya varios años, me encontraba en un banco de sangre. El hijo de una amiga necesitaba una transfusión y allí estaba yo, con el mejor deseo de dar un “regalo de vida”. La habitación donde se realizaba el proceso estaba muy fría, al punto de causar incomodidad. Estaba sentado en una de esas sillas reclinadas, especiales para ese procedimiento. A mi lado derecho, un señor, tal vez cincuentón, descansaba mientras su sangre fluía por aquel tubito plástico. Con el ánimo de iniciar una conversación, le mencioné que, sin importar cuántas veces hubiese donado sangre anteriormente, este proceso siempre me hacía sentir un tanto incómodo. Aún hoy pienso que eso de que puyen tus venas y vacíen un poco de tu sangre en una bolsa plástica es algo no muy natural que digamos. Y si me dieran a escoger entre estar recostado en aquel salón congelado o estar recostado en una silla similar, en una playa soleada, obviamente escogería la segunda opción.

Para mi sorpresa, el señor levantó su voz para que otros allí lo escucharan y comenzó a burlarse de lo miedoso que yo era. “Tan grande, un  hombre ya, ¡y le tiene miedo a las agujas!” Treinta segundos de haber comenzado la conversación y ya sabía que había cometido un error. Aquel caballero se rio e hizo que otros se rieran, o al menos sonrieran. Manejé el “pasme” lo mejor que pude, sorprendido por la reacción de aquel caballero. Creo que no me dirigió la palabra en el resto del tiempo que estuvo allí. O al menos no dijo nada memorable que pudiera recordar hoy, sólo sus palabras burlonas.

Pienso que cuando alguien nos ofende, el dolor que sentimos tiene 2 posibles causas. Nos ofendemos por el contenido del agravio: el acto o las palabras. Pero posiblemente nos duele mucho más por la intención del ofensor de hacernos daño. O al menos, lo que percibimos que es la intención de herirnos.

En el caso de aquel caballero, no fueron sus palabras, sino sus intenciones, conscientes o automáticas, de lucir como el más chistoso a cuesta de alguien que no conocía. Yo era sincero en mis palabras. Buscaba ser amistoso e iniciar una conversación. Además, estaba allí no para demostrar que era valiente o el más macho; estaba allí para hacer un pequeñísimo sacrificio para el beneficio de un prójimo. Creo que ya hace bastante tiempo que superé ese deseo de competir y demostrar a todos que no tengo miedo, o que soy el más “macharrán”. Y hace mucho tiempo descubrí que, ante algunas situaciones, el que no tiene miedo es porque su ignorancia no le permite ver a lo que se enfrenta, o su inmadurez le prohíbe demostrar algún trazo de temor. Y hace mucho tiempo decidí que no quiero tener a mi lado a esas personas que dicen no temer a nada. La valentía no es ausencia de miedo. La valentía es seguir adelante a pesar del miedo. El verdadero valor aflora cuando entiendo y acepto que el miedo no es un obstáculo; es una herramienta esencial.

Y volviendo al banco de sangre, aunque inmediatamente pensé que había cometido un error, en unos minutos supe que no había sido así. No hice nada incorrecto, actué según mis valores y buscaba ayudar a alguien. Pensé que había cometido un error por la reacción, por la opinión de un desconocido.

Los errores (pensamientos, palabras o acciones) que cometemos pueden caer bajo tres categorías:

  1. los que por nuestro propio juicio, con certeza y convicción, entendemos que lo son
  2. los que pensamos que fueron errores, pero más adelante, sea por la lección aprendida o por sus consecuencias, nos convencemos que no fueron fallos
  3. y los que creímos que eran errores porque alguien lo dijo así, o nos hizo sentir así

Muchos aparentes errores realmente no lo son. Son solo el resultado del pesimismo, de la ignorancia o de la falta de amor propio. Así que, si queremos “meter la pata” con menos frecuencia, la clave es buscar ser más optimistas y positivos, buscar aprender cada vez más, y querernos,… no, mejor dicho amarnos más.

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