Había estudiado casi toda mi vida escolar en el pueblo de Yabucoa. Al pasar a grado 11 mi familia se mudó a San Juan y terminé estudiando en la Escuela Albert Einstein de Barrio Obrero. Podría decir que era algo difícil para un jíbarito tímido de Yabucoa llegar a esta escuela. El ambiente, los estudiantes, las clases, todo era diferente. Imagínense, después de estudiar novelas y literatura en inglés en grado 10, llegaba a este lugar a aprender “this is my nose, this is my ear” en grado 11.

Creo que solicité ir a CROEM en grado 12 (aun cuando no adelantaría nada) por intentar algo diferente y porque no tenía nada que perder. Hay momentos en que miro atrás y me pregunto cómo me atreví a dar ese paso, con todos mis temores e inseguridades de entonces. Si recuerdo bien, fui el último estudiante en ser admitido en CROEM ese año. Mi primer día de clases fue el 8 de septiembre. Nunca supe con certeza la razón de mi tardía entrada; me imagino que desde la semana de orientación no le caí bien a Ithier.

Hay un refrán que dice algo parecido a “Nunca acaba bien lo que mal empezó” (o algo así). Antes de CROEM, tal vez como muchos de ustedes, tenía excelentes notas estudiando muy poco. No tenía hábitos de estudio, no era disciplinado ni organizado y llegué casi un mes de comenzadas las clases. Además, me tocaron las sobras de un montón de cosas. Me acomodaron como pudieron en algunas clases; recuerdo la clase de Probabilidad y Estadística donde nunca dí pie con bola. Llegué al cuarto 3 de Clemente y ya todo el mundo se había repartido las mejores camas, los mejores colchones, los mejores espacios. Terminé tratando de buscar un poco de comodidad usando dos colchones que combinados no eran la mitad de cómodos que mi cama en mi hogar. La jugadita del doble colchón me salió mal y pagué las consecuencias rápido esa primera semana cuando Santos nos castigó cargando “matresses”. Si tenía “dos matresses, los  cargas los dos”, dijo Santos. El cuarto 3 rara vez se libraba de los castigos así que tuve mis buenas dosis de todos los castigos de entonces.

Volviendo a lo académico: por no tener hábitos de estudio y el rezago que arrastraba nunca pude “arrancar”. Había también algo de irresponsabilidad; recuerdo cuando ayudaba a William Ríos con sus asignaciones de inglés y yo no entregaba las mías. Resumiendo un poco la historia, durante las vacaciones de Navidad me informaron que debía regresar a mi escuela en Barrio Obrero porque mi caso era grave. Unos días más tarde me llamaron para indicarme que reconsideraron mi caso y me darían una oportunidad (por las notas del College Board). Pero mi novia me dio un ultimátum: si regresaba CROEM todo se acababa.

Al regresar a mi escuela, lo que nunca fue bueno empeoró. Era “el que habían botado de CROEM”. Y no hablo tan sólo de los estudiantes, también maestros. Finalmente me gradué y si no fuera por Facebook, no conocería el paradero de ninguno de mis compañeros de clase. Continuó la universidad, luego el comienzo de la vida profesional. Durante años mis lazos con Croemitas del 81 fue limitado a unos pocos: Jerry Guasp, Mayra, Chegüi, William Ríos en el trabajo, y algunos otros.

Si has llegado hasta este punto leyendo, te pido disculpas por estos párrafos anteriores que no  son otra cosa que un prólogo a lo que continúa. Pero entiendo que es necesario “poner las cosas en justa perspectiva” sobre mi relacion previa con CROEM.

Y llegaron las redes sociales. Gracias a Facebook comencé a conectarme con ustedes. De los primeros: Cheche y Mariselle. La primera vez que nos encontramos fue el comienzo de una reconciliación con mi pasado. Ver en lo que el Cheche de 1980 había llegado a convertirse me llenó de admiración. Al encontrarme con Mariselle, esta mujer agradable y hermosa, a quien al principio yo ni recordaba, me di cuenta que había querido olvidar parte de mi pasado.

Y la reunión de los 30 años, fue algo maravilloso. Tal vez no compartí muchas actividades, ni me quedé hasta tarde “pariseando” pero muchas cosas ocurrieron dentro de mi ese fin de semana. Redescubrir tantas personas maravillosas y talentosas que había mantenido distante de mi vida. Gente que hoy, al mantener de alguna manera lazos, siento que enriquecen mi vida. Algunos que en el 1980 no me caían bien o les sacaba el cuerpo por las inmadureces de la adolescencia, y que hoy siento que perdí el tiempo de conocer y aprender de ellos. No voy a mencionar nombres porque son muchos y no quiero ser injusto.

En ese fin de semana pude entender que un semestre en CROEM, hasta ese momento, era una parte de mi vida que siempre le resté importancia. Que por no haber estado todo el año, no me sentía parte de ustedes. Pero hoy sé que CROEM es una experiencia que cambia tu vida, sin importar si estuviste todo el año, un semestre o sólo un mes.

Gracias a todos por aceptarme, por la amistad, por el tiempo compartido, que aunque poco, es muy apreciado y valorado.

 

 

 

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