Siempre he tenido una familia “peculiar”.

“Peculiar”: ¡Cuán útil es esta palabra! Una buena forma de decir que algo es diferente, sin dar muchos detalles, de una  manera apropiada.

Pero volviendo a mi familia, sí, es muy peculiar. Tanto como cualquier otra. Déjame explicar un poco:

  • Somos 6 hermanos. Compartimos el mismo apellido materno, pero 3 diferentes apellidos paternos. ( O sea, hijos de una misma madre, pero de varios padres)
  • Mi papá no era mi padre sino mi padrastro.
  • No recuerdo mucho de mi padre biológico, ni conozco a ningún familiar por ese lado de la genética. Por lo tanto, debo tener primos, sobrinos o parientes que son desconocidos.
  • Tengo una prima que en verdad no es mi prima sino mi hermana.
  • Tengo una amiga que algunos piensan que es mi hermana. Y tengo un amigo que cada vez que intento llamarlo por teléfono marcando manualmente el número, no sé si lo estoy llamando o a mi hermano (o sea, que tengo un enredo mental  con ambos números telefónicos)
  • Mi suegra se llama igual que mi difunta madre y le dedico más tiempo, atención y cariño que a mi mamá.
  • Tengo una hija que no es mi hija, sino mi hijastra. Pero, aunque no tengo un marco de referencia para comparar, el orgullo, la admiración, en fin el enamoramiento es como si la hubiera engendrado y hubiera estado allí en el momento que llegó a este mundo.
  • También, mi hijo, que legalmente es mi hijastro, es quien constantemente me preocupa. Porque siendo hombre y habiendo caminado hace años la ruta que él sigue hoy, quisiera transmitirle telepáticamente todo lo que he aprendido y ahorrarle así algunos malos ratos y problemas. Pero así no funciona el asunto: tengo que buscar demostrarle constantemente la admiración y el amor, mientras que lo dejo tropezar para que aprenda.

No es mi intención tratar de presentar aquí un árbol genealógico estilo “Cien años de soledad”. Tampoco tratar de explicar lo complicado y enredado de mi familia (¿y qué familia no lo es?). Sólo quiero afirmar que las etiquetas y los títulos adjudicados por la genética o por las leyes de nuestra sociedad no tienen tanto peso ni arraigo comparados con otros. Que cuando el corazón descubre, conoce y aprende a sentir por otras personas, estampa un sello imborrable que supera cualquier definición impuesta por la ciencia o la justicia. Papá, mamá, hermano, hermana, hijo, hija, amigo, amiga, son palabras que más que pronunciarse, se sienten, se transmiten de corazón a corazón, sin protocolos o contraseñas…

¡SÍ!

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