O predicar la moral en calzoncillos

En una clase de Física en mis tiempos universitarios, la profesora nos dijo que la inercia es “la resistencia de cualquier objeto físico a un cambio en su estado de movimiento o reposo, o la tendencia de un objeto a resistir cualquier cambio en su movimiento”. En palabras sencillas es la resistencia al cambio. Cuando algo está quieto, hay que aplicar una fuerza para moverlo. O cuando algo está en movimiento, hay que aplicarle una fuerza para lograr que cambie su velocidad, sea acelerando o frenando.

 En aquella clase de Física nunca imaginé que años después aplicaría ese concepto a mi vida. Me imagino que por la inmadurez típica de mi edad en ese tiempo. O porque aún no había descubierto esa manía de buscarle las “cinco patas al gato” y entender que todo está interconectado, que todo se relaciona. Por ejemplo, aquella clase de Física, y el deseo de echar pa’lante, de buscar ser feliz.

 Si queremos cambiar, si queremos mejorar, tenemos que vencer la inercia.

 Déjame primero aclarar que estar “en reposo” no es malo, así como tampoco lo es el estar “en movimiento”. El estado en que estoy, la situación que vivo está bien si deseo vivir así. Si he decidido y aceptado las circunstancias presentes en mi entorno, en mi vida, pues todo está bien. Lo malo es cuando no estoy conforme, cuando no estoy feliz con el rumbo que llevo, sea porque no lo escogí, porque me empujaron por este camino, simplemente porque me dejé llevar por la corriente, o porque seguí el camino que alguien más trazó. Puedo estar moviéndome a un buen paso, en un camino que muchos pueden pensar que es el correcto. Pero, sólo yo tengo la capacidad de ver, analizar, meditar y entender si estoy en el rumbo correcto.

 Recuerdo como hace poco menos de 2 años, una situación imprevista, fuera de mi control, causó que dejara de enseñar yoga en uno de los mejores gimnasios de San Juan. En ese momento me sentí frustrado y molesto. Pero ahora puedo ver como una fuerza externa me frenó, me hizo vencer la inercia de un viaje que aparentaba estar de maravillas, moviéndome a un buen paso, pero en la dirección equivocada. Mi clase en ese gimnasio había perdido su encanto, su magia, su esencia. Llevaba tantos años tratando de enseñar yoga a muchas personas que iban a ese lugar buscando algo diferente a lo que yo les ofrecía. Digo, no todos eran así. Algunos pocos realmente entendían de lo que se trataba y le sacaban provecho. Pero mis esfuerzos se enfocaron en la mayoría a quién yo quería convencer. Cambié y modifiqué mi clase buscando mayor participación y aceptación de los clientes. Pero finalmente, mi yoga se había convertido en un híbrido irreconocible sin alma. Recuerdo en una ocasión estar guiando desesperadamente en el tráfico insoportable del área metropolitana, tratando de llegar temprano a mi clase. “¡Sálganse $%@+ que voy a mi clase de yoga!”. Definitivamente no iba por el camino correcto, aún cuando todos mis estudiantes y amigos pensaban que todo estaba bien. Hoy entiendo que aquella situación desagradable fue el empujón que me hizo vencer la inercia, salir de aquella zona de comodidad.

 ¿Y por qué escribo sobre esto hoy? Porqué este es mi más reciente esfuerzo por vencer la inercia. Me obligo a escribir estos párrafos, luchando por que fluyan las palabras. Tratando de acabar la racha de 102 días desde mi último post, publicado el 29 de diciembre del 2012. En algunas ocasiones, alguna fuerza externa nos ayuda a salir del estancamiento. En otras, simplemente nuestro esfuerzo y disciplina son la única opción para lograr comenzar a movernos. Obligarnos a dar al menos, un paso corto hoy y otro mañana, en la dirección que deseamos seguir. Obligarme al menos a escribir sólo un artículo hoy…

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