Hace unos años conocí un empleado de mantenimiento en mi trabajo. Era un muchacho normal: alegre, sociable, buena gente.

Antes de continuar, quiero añadir que mi papá era conserje. Por muchos años trabajó en San Juan y viajaba en transporte público los fines de semana a mi pueblo natal. Lo veía solamente dos días en la semana. El resto del tiempo se hospedaba en San Juan. Mi profesión se la debo a todos esos años de esfuerzo y sacrificio, trabajando lejos de su familia. Y eso me ha ayudado a apreciar el trabajo de cada persona, sin tomar en cuenta su salario o su posición

Bueno, sigamos con el empleado de mantenimiento. Vamos a llamarlo Tito, por ponerle un nombre. En ese entonces, parte de mi trabajo incluía reparar computadoras, hacer upgrades, incluso montar un CPU de diferentes piezas hasta dejarlo funcionando. Tito siempre daba la vuelta por mi escritorio con curiosidad y de vez en cuando hacía alguna pregunta. En una ocasión me preguntó si yo podía enseñarle a montar y reparar computadoras. Él estaba dispuesto a quedarse fuera de horas laborables y yo accedí. Cada tarde venía y yo le explicaba algo de teoría, del funcionamiento de cada pieza, cómo instalarla, etc.  Tito realmente disfrutaba esos momentos en que yo le enseñaba algo y él me ayudaba con mi trabajo. Y aprendía rápido y bien.

Más adelante Tito consiguió otro puesto en otra área de nuestra empresa. Hasta ahí llegó nuestro intercambio tecnológico durante las tardes. Pero podría decir que ya la semilla estaba sembrada. Tito regresó a estudiar y terminó un bachillerato en sistemas de información. Al tiempo, regresó a trabajar conmigo como mi supervisado. Resumiendo la historia, las vueltas del destino hicieron que más adelante trabajáramos como colegas, al mismo nivel. Luego fue reclutado por una agencia del gobierno federal y se fue de nuestra Isla. Su trabajo lo ha llevado por varios lugares en Estados Unidos y el resto del mundo.

Aunque Tito y yo tuvimos una buena amistad y conversábamos mucho, creo que nunca pude decirle muchas cosas. Nunca pude expresarle suficientemente la admiración y respeto que siento por él. No sé si sabrá del orgullo y satisfacción que dejó en mí. Y que estoy seguro que fue mucho más lo que aprendí de él, que lo que él aprendió de mí.

Con el paso de los años he podido definir lo que quiero hacer con mi vida. Hay muchos roles que he desempeñado, varios de éstos enseñando. He descubierto que no quiero ser un experto en nada. No voy ni quiero ser el mejor facilitador de clases de yoga. No quiero ser una eminencia en espeleología, ni en rescate ni aventuras en la naturaleza. No quiero ser un consultor experto en tecnología e informática. Quiero saber lo suficiente para compartir con aquellos que lo necesiten. Quiero ser el que abre las puertas y muestre el camino a seguir. Sé que mi conocimiento y experiencia son más que suficiente para los Titos que crucen mi camino con el deseo de aprender. Con gusto compartiré todo lo que pueda ser de provecho a los demás. Ya no tengo en mi mente el deseo de competir y ser perfecto. Quiero seguir aprendiendo y siempre habrá algún maestro de quién aprender. Y siempre habrá alguien que se beneficiará de lo que he aprendido hasta ahora.

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