(publicado originalmente el 8 de junio de 2012 en cristobalcolonpr.wordpress.com)

Hace algunos años, cuando era Boy Scout, nuestra patrulla decidió buscar alternativas para recaudar fondos. Mi mamá nos preparó tembleques y nos fuimos por las calles de nuestro pueblo a venderlos. No era tan agradable ir de casa en casa, repitiendo el libreto para solicitar cooperación, encontrando más rechazos que ventas. Me tocó llamar a una casa – ¡Señora! ¿Quiere cooperar comprándonos un tembleque? – Yo espero que mi cara no haya reflejado la mezcla de sorpresa y terror que sentí en ese momento al ver la persona que venía sonriente a atenderme.

Mrs. Rivera” (uso un nombre ficticio para, primero, proteger su identidad y segundo, porque no recuerdo para nada su nombre) era una de las maestras “malas” de mi escuela. Al menos esa era mi opinión y la de muchos estudiantes. Era estricta, seria (nunca la había visto sonreír antes), exigente y enseñaba bien su clase. Mantenía muy bien la disciplina en sus  clases. ¿Lo ven? Si les digo que realmente era “mala”. Y allí venía ella caminando a ver quién llamaba a su puerta.

Tengo que haber gagueado tratando de repetir el memorizado discurso. Pero ella con su sonrisa y su dulzura no dejó que terminara las explicaciones. Buscó el dinero y me compró el tembleque. Agradecido y a la vez confundido, continué con el resto del grupo en la venta, pensando cómo sería el próximo encuentro con la maestra en la escuela.

Los seres humanos aprendemos a vivir una existencia dividida en roles, en personajes. Usamos como criterio el lugar, el contexto y las funciones o tareas de cada momento para determinar cuál “personalidad” se va a manifestar. Por ejemplo, en mi hogar soy un personaje diferente al que está presente durante horas laborables en mi trabajo. Cuando me voy a “janguear con mis panas”, cuando estoy en la iglesia o cuando voy a una entrevista de trabajo, en cada situación presento una cara diferente, una manifestación distinta de un mismo ser. Muchas veces las diferencias entre cada personaje son muy marcadas, al punto de llegar a parecer personas diferentes.

Utilizamos este mecanismo para poder sobrevivir y proteger lo que fundamentalmente somos: el actor detrás de todos esos personajes. Como en el caso de “Mrs. Rivera”, su personaje en el salón de clases le permitía tener control completo de su entorno y de los “angelitos” que participaban en su clase. Por otro lado, el personaje que me compró el tembleque, entendía ella, no hubiera sido efectivo al intentar manejar su grupo de estudiantes.

Este fraccionamiento de nuestra vida en roles y personajes nos puede funcionar a cierto grado. Pero llega el momento en que el actor se confunde y se pierde detrás de todos los personajes diferentes que representa. Esta división puede complicar nuestra existencia y causarnos sufrimiento cuando los pensamientos, palabras y acciones de un personaje trascienden su entorno y crea consecuencias negativas a los demás personajes. Por ejemplo, cuando el personaje que se va a “janguear con los panas” llega borracho a su hogar, donde se supone que se manifieste solamente el personaje del padre de familia.

Para resumir y no complicar más este tema, vivimos nuestras vidas fraccionadas, escondiendo quién realmente somos detrás de todos los personajes que representamos cotidianamente. Aquella frase en un templo griego, “Conócete a ti mismo”, se refiere a conocer al actor, a la esencia de lo que realmente somos. Cuándo eliminas todos esos personajes y los sustituyes por quien realmente eres, te vuelves realmente protagonista de tu vida. Vives de manera más productiva, efectiva. Tendrás una vida más plena, más feliz.

Y de “Mrs.Rivera”: pues se sonrió conmigo más a menudo en el salón de clases y ya no fue tan “mala”

¡SÍ!

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